2018
Me acuesto en la alfombra y miro al techo. Está puesta mi lista de favoritos de youtube y empieza mi canción, su canción, la nuestra: time after time cantada por Eva Cassidy. Giro la cabeza para mirar la planta. Está muerta. No podía creer que la maldita planta hubiera muerto. Lloré como no había llorado en la última semana. Un simple acto de la naturaleza mostraba la muerte de mi relación con Tristán y dolía terriblemente. En ese momento, doblada en mi misma en el piso, me pregunté qué tenían que ver los sentimientos con el físico de uno, por qué lloraba y literalmente, me dolía el corazón. Me sentí morir como la planta. Quería dejarme caer y no moverme más. Me acordé de su voz ronca y profunda, diciéndome que si me caía, él iba a estar esperándome cada vez, resaltando el “siempre”, el “para siempre”.
Siempre he creído que las cosas que nos decimos cuando estamos enamorados son las que terminan de destruirnos porque ya no existen. Sólo rememoramos lo bueno, y lo malo desaparece durante el duelo, se nos olvidan las peleas por cosas tontas, lo que no aguantamos del otro, las diferencias grandes de carácter, los gritos, las humillaciones que dejan de ser tales, porque las olvidamos con el tiempo. El maltrato ya no está. Sólo queda el dolor por lo bueno y perdido por completo.
Me gusta pensar que nuestra historia fue cosa del destino. Acababa de divorciarme de mi ex, Fabrizio, y decidí irme de nuestra casa, mudarme a un lugar limpio y nuevo, no quería nada que
hubiera sido de los dos. Compré desde cubiertos hasta la cama. Mi departamento era chiquito, como mi vida. Un rectángulo de cuarenta metros cuadrados, que a lo largo tenía living comedor, mini cocina, baño grande y habitación más que amplia para uno, para una, para mí. Y Tristán apareció casi por casualidad, o por causalidad. A causa de que le inundé la cocina.
2013
Estoy lavando los platos con mi mejor pinta de indigente. Se me ha mojado el piso y las medias, enero ha venido con toda su fuerza y afuera nieva. Sí, nieva en la ciudad. Muy romántico y sin nadie para compartirlo. Estoy a punto de agarrar la mopa cuando golpean con mucha fuerza la puerta. Voy a abrirla con certeza de que es el vecino de enfrente. Algo debo haber hecho para molestarlo, respirar por ejemplo.
Pongo mi mejor sonrisa falsa pero ésta se vuelve sorpresa cuando abro y me encuentro de frente a él.
-Hola- le digo con cara de boba.
Sé que es esa la cara que tengo porque me mira fijamente, hace un amago de risa pero se controla y finalmente se pone serio.
-Soy el vecino de abajo, no sé que has hecho pero se me ha inundado la cocina. Revísalo por favor.
Sin más se da media vuelta y adiós. Bueno, adiós nada. Nada de nada.
Cierro la puerta y me pongo en modo “control de daños”. Me miro y me odio. Pantalón rosa chillón de pijama, muy desgastado, remera que me hace parecer un ropero, porque no se ciñe claro, solo se sostiene sobre mi espalda de voleibolista.
Quizás ustedes me digan que es normal estar hecha una piltrafa después de un divorcio, pero no es mi caso. Mi matrimonio estaba muy mal desde hacía un año. Me casé con Fabrizio enamorada, sí, pero también con dudas. Y éstas no entienden razones, se cuelan en la cama, en las comidas, en el día y en la noche. La duda trajo certeza de todo lo malo que había querido esconder en los 6 años que llevábamos juntos y en el mísero año de casados. Para mí era preocupante no sentir celos, o no extrañarlo y cuando me llamaba siempre quería cortarle rápido, había una serie más interesante en Netflix, o un libro más atrapante por leer antes que escucharlo.
No crean que le echo toda la culpa de lo que pasó, pero tampoco se la quito. Me engañó en lugar de hablar conmigo. Fue cobarde y yo también.
De alguna manera enfermiza, me aliviaba no tener que ser yo la que rompiera con lo nuestro, o más bien, sí lo rompí yo pero con la excusa que él me dio.
Yo no lo engañe nunca, ni siquiera miraba a otros, pero era justamente esa desidia por todo y todos lo que me hacía ser inconforme, triste y apagada, una sombra de la que fui.
Me encantaba el deporte. Hice volley hasta que me lastimé el hombro derecho de manera irreparable, así que mi única actividad era pilates 4 veces por semana. Estudié contabilidad, la terminé y la odié; terminé periodismo, y también la odié, y creo que eso nos fue llevando al abismo más rápido. Yo no quería ser ama de casa, encerrada, pensando en las cosas que me perdía pero que tenía mucha pereza para realizar. No quería mi vida, me faltaba el aire y las ganas de levantarme.
Por eso cuando los encontré en la oficina de él fue un shock al principio, pero mientras estaba allí, con los ojos muy abiertos, empecé a reírme.
-Aliena! ¿qué haces aquí?
En ese momento me reí más. Oye, disculpa por haber interrumpido, sigue con lo tuyo. No se lo dije pero lo pensé.
Me di media vuelta, fui a nuestra casa y guardé en las valijas toda mi ropa, mis libros del living, mis chucherías de la cocina, una taza muy mona, té en hebras de frutos rojos, y una bolsita de canela sin empezar.
Una vez que tuve todo listo, me senté en la cocina a esperarlo. Miré a mi alrededor. Fabrizio tenía una inmobiliaria y nos iba muy bien, realmente bien. Me mantenía y yo me dejaba, viva el empoderamiento de la mujer, ¿verdad?
Lo escuché llegar y entrar con lentitud. Me miró desde el marco de la puerta. No lo dejé hablar.
-Oye, déjame el auto y te dejo la casa. Me llevo lo básico. Te perdono.
Me miró algo sorprendido y… ¿dolido? resignado más bien. El sabía lo que sentía y lo que NO sentía. Nuestra vida sexual era de lo más impersonal, después de siete años juntos aún usábamos preservativo. Me pregunté en ese momento si no era eso una primera muestra de la poca confianza que había entre nosotros, del nulo deseo irrefrenable y descabezado de sacarnos la ropa a tirones, de agarrarnos de repente, de amarnos a cualquier hora. Ahora que lo pienso, nunca existió esa pasión. Todas las películas y novelas me habían mentido descaradamente.
-Puedes quedarte el auto, lo de la casa ya lo veremos. Puedo venderla y darte tu parte.
No contesté. Se quedó pensativo un rato. Suspiró y volvió a mirarme
-Aliena… no lo siento, no me arrepiento.
-Mi abogado se comunicará con el tuyo.
Y así cerré siete años de relación. ¿Me importaba? No. Realmente no.
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